sábado, 31 de mayo de 2014

Discurso de graduación de 2º de Bachillerato IES María Zambrano

En primer lugar, permítanme dar las buenas tardes a todos los presentes: a don Manuel Pérez, director de nuestro centro, y al resto del equipo directivo; a los profesores y, por supuesto, a mis compañeros y los familiares que nos acompañan hoy en este día tan especial. Gracias a todos por asistir al acto de graduación de los alumnos de Segundo de Bachillerato y Ciclos Formativos del Instituto María Zambrano.

Nos advirtieron de que este día llegaría: “¿habéis comprado ya el vestido para la graduación?”, “esto se acabará en un abrir y cerrar de ojos”, nos decían al principio del curso. Quién nos iba a decir que tenían toda la razón… Esto ya ha acabado. Que sí, que aún queda la temida Selectividad pero, si hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no íbamos a poder con ella?

A lo largo de estos años de instituto hemos sobrevivido a 84 excursiones, sendos viajes alrededor de Europa (desde Sierra Nevada o Cazorla hasta Londres e Italia), más de 350 exámenes, con sus llantos y alegrías correspondientes. Hemos sobrevivido a los buenos y a los malos momentos, y tengo que decir que si de algo nos ha servido es para hacernos más fuertes.

Algunos mantendremos el contacto, mientras que otros quizá no volvamos a vernos. Pero todos compartiremos, a partir de ahora, los recuerdos y vivencias que nos han unido durante estos años. Y es que, a pesar de nuestra desesperación por los exámenes y “la nota”, a pesar de que a veces nos referimos al instituto como “la cárcel” (…). A pesar de todo eso, tenemos mucho que agradecerle. En él hemos hecho grandes amistades. Hemos aprendido a trabajar en equipo y a ser independientes. Hemos evolucionado física y mentalmente entre sus paredes.

Sí, se acaba un ciclo pero, como siempre, comienza otro nuevo. Debemos afrontar este cambio con ilusión. Quién sabe lo que nos depara el futuro… Pero, de nuevo, si algo hemos aprendido es a no rendirnos ante la adversidad. A luchar por nuestros sueños hasta hacerlos realidad. Y es que, como decía Paulo Coelho, “es la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante”.

Sin duda, gran parte de nuestro éxito se debe al apoyo incondicional de nuestros padres. Gracias por soportar nuestras hormonas adolescentes y estar encima nuestra para que demos siempre lo mejor de nosotros mismos. Gracias por entregarnos todo lo que tenéis sin pedir nunca nada a cambio.

Y, por supuesto, quiero dar las gracias por haberme dado la oportunidad de poner voz a los pensamientos y sentimientos que hoy comparto con mis compañeros.

Quiero terminar este discurso con una reflexión dirigida a todos los profesores, que nos han dado tanto sin recibir reconocimiento alguno. Sin que reconozcamos, a menudo, la responsabilidad que conlleva la enseñanza, ni la entrega con la que desempeñan su labor. La educación es nuestra mejor arma contra la ignorancia y el engaño. Gracias por ser nuestros mejores mentores, tanto dentro como fuera de las aulas. Gracias por ser nuestros segundos padres. Gracias por habernos hecho mejores personas.




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sábado, 12 de abril de 2014

Hay una llama en tu interior que está deseando arder. No dejes que se apague. No le impongas un invierno de continuo silencio. Si lo haces, prepárate para ser un muerto en vida.

Posees la luz para iluminar las sombras. Deja de esconderla. Deshazte de los grilletes que te retienen y huye de tu cárcel interior. Romperás reglas absurdas y recibirás ofensivas de cobardes que no se atrevieron a ir más allá. Ni se te ocurra sentirte culpable.

La verdad resulta incómoda para aquel que no se atreve a declararla, para el que la conoce pero teme la mirada de sus vecinos.

La verdad resulta incómoda para aquel que no tiene el valor de aceptar su propia esencia. Para el que prefiere fundirse en una muchedumbre que engulle rostros por momentos. Cada vez somos todos un poco más parecidos, más iguales. Más mediocres.

Comparte con el mundo tu verdad. Tu verdad eres tú, simplemente tú.

Si encuentras el valor para avanzar creando tu camino, no te detengas.

Si encuentras el valor para ser tú, no mires atrás.

Tú vales. Yo valgo. Todos valemos en tanto que existimos. Entonces, ¿por qué nos hemos vuelto tan miedosos? ¿Es que acaso no confías en ti mismo?

Hay algo dentro de ti deseando salir. Una voz oculta que tiene ganas de gritar, de rugir con todas sus fuerzas. No te muerdas la lengua.

Vamos, hazlo.

Tienes derecho a contar tu versión de los hechos. No temas equivocarte. Solo fracasarás si no lo intentas.



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sábado, 15 de febrero de 2014

Miedo a perder

Aquella mañana se despertó pensando que iba a suceder algo importante. Fue un extraño presentimiento al que no dio mayor importancia, hasta que sucedió.

Tuvo una mañana tranquila. Pacientes a los que solía ver día sí y día también. Tres o cuatro casos de gripe y un chico con apendicitis. Eso fue todo. Hasta que tocaron las seis y cuarto. Esa fue la hora exacta en que llegó un caso emocionante. Por fin algo que le hiciera levantarse del sillón. Vale que los pacientes sean los que lo pasan mal pero, para un médico, cada caso es un misterio por resolver. Una prueba que superar. Una vida que salvar.

Sin embargo, aunque en ese momento no lo supiera, desearía con todas sus fuerzas que la paciente no hubiese entrado nunca por las puertas del hospital.

Accidente de tráfico. Mujer no identificada de entre 30 y 40 años. Su coche chocó frontalmente con un camión. Hematomas en torso y abdomen. Rotura del cúbito derecho. Posible traumatismo craneal. Hay que operar.

Y en apenas unos segundos, el hospital entero se moviliza para atender un caso preferente. Alguien llama al cirujano de guardia, mientras las enfermeras preparan el quirófano.

Y entonces se dispone a evaluar a la paciente. Ha perdido el conocimiento pero, sin duda, aún vive. Es en ese momento cuando se fija en su rostro, bañado por la sangre, y le parece reconocer a alguien pasado.

No era posible…

Retiró el cabello, que le caía por el cuello, y, efectivamente, allí estaba su colgante. El que unos años atrás él le regalara por su cumpleaños.

Como médico, no debería afectarle ni la situación de gravedad ni la identidad de los pacientes. No obstante, en muchas ocasiones debía aferrarse a la idea de que eran para él completos desconocidos. Haría lo posible por ayudarles, pero contaba con que no siempre se evitaba una muerte.

El problema era que la que estaba tumbada en la camilla, recién salida de la ambulancia, no era una desconocida. Esta vez no.

Se sumergió en un mar de recuerdos y, por un momento, olvidó dónde estaban. Imaginó que se encontraban tumbados sobre la hierba, encontrando formas entre las nubes que surcaban el cielo, como solían hacer.

Por un momento, tan solo su cuerpo se hallaba en aquel hospital. Su mente se había trasladado al verano de hacía unos años. A las tardes interminables que se esfumaban en segundos. A las noches dedicadas a su callada adoración.

Y, cómo no, se trasladó también a esa angustia que se había adueñado de él. A la indecisión entre confesar su amor y sufrir el rechazo o esperar al momento perfecto, en el que estuviese preparado, en el que creyera que todo podía salir bien. 

Pero el tiempo no estuvo de su parte. Aquel verano acabó, llevándose consigo cualquier posibilidad.

Se había dedicado a dibujar mentalmente un futuro junto a la persona que tenía a su lado, pero nunca se atrevió a expresarlo con palabras. Se quedó en eso, un mero pensamiento, una ilusión.


Alguien le estaba hablando. Una voz chillona, que identificó con una de las enfermeras, le devolvió a la realidad, exigiéndole una respuesta. “¿La llevamos ya al quirófano, doctor? Sigue perdiendo sangre”.

Nunca recordaría haber respondido a esa pregunta, pero se llevaron a Emily enseguida, mientras él se quedaba con su imagen de hacía unos años, intentando ignorar la gravedad de sus heridas.

El tiempo, de nuevo en su contra, se le hizo eterno mientras esperaba. Los minutos se convertían en horas, y su inquietud no hacía más que incrementar.

Cuando salió de la mesa de operaciones y fue trasladada a una habitación, vio que la habían conectado al respirador. Sabía lo que eso significaba. Llamarían a su familia, para que pudiesen ver por última vez a su hija, a su hermana… ¿Tendría hijos? Ni siquiera sabía si ella había rehecho su vida.

Cogió aire una vez más y se encaminó hacia la puerta de la habitación 27, recortando paso a paso la distancia que los separaba. Al abrir la puerta fue consciente de que hacía más de diez años que no la tenía tan cerca. Que no admiraba su melena, el color de sus ojos, ni la forma de sus pómulos.

No parecía haber cambiado nada y, a la vez, todo le parecía tan diferente…

Reprimió las ganas de llorar cuando se acercó a sus labios y depositó en ellos un beso cargado de ternura. El último beso de un amor que no llegó a ser por el miedo al rechazo. Qué estúpido le parecía ahora.

Se despidió mentalmente y fotografió aquel rostro en su retina. Sabía que no iba a despertar.
Por estúpido que pareciera, aún no se había atrevido a construir una vida, esperando que todo saliera bien algún día. Y es que no imaginaba una vida, un futuro, si ella no estaba junto a él.

El resto de su turno lo pasó de acá para allá, ordenando cosas que ya estaban ordenadas. Redactando informes que no tenía por qué redactar. Haciendo cualquier tontería, por inútil que fuera, con tal de no tener tiempo para pensar.

Tampoco tuvo el valor suficiente como para quedarse a su lado, velando su sueño.

Andaba como si estuviera drogado. Ni siquiera era realmente consciente de lo que hacía en cada momento. Fuera como fuese, esa noche llegó a su casa. Su piso de soltero, que no compartía con nadie más. Aunque, por una vez, no estuvo solo. Aquella noche, la bebida fue su compañera. Su mejor confidente. Se refugió en el alcohol, y este le dio el calor que tanto necesitaba.

Derramó todas las lágrimas que había estado guardando por ella y no le preocupó ahogarse en su propio charco.

Solo la noche supo de todas sus penas. Solo ella fue testigo del dolor de su alma. De aquella triste historia de amor inconfesado que pudo ser y no fue. Y todo por el miedo. El miedo a perder algo que ni siquiera llegó a tener. Qué absurdo.




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sábado, 21 de diciembre de 2013

Carpe diem

El recuerdo grabado de un olor. La imagen imborrable de una sonrisa. El contacto lejano de un abrazo.

El deseo irrefrenable por esos labios. La longitud de sus curvas medidas con besos. El contacto eléctrico a través de la mirada.

La amargura de despedir ‘para siempre’. La impotencia de no poder volver atrás.

Pasajeros que se marchan sin avisar, porque ni siquiera ellos esperaban su destino.

El tiempo que se nos escapa entre los dedos... Es la nostalgia del pasado, que nos nubla la vista del presente.

Sueños que se quedan atrás, y otros inesperados que llegan para quedarse.

La vida es, a nuestro pesar, nuestra dueña y señora. Ella, tan impredecible, imparte las reglas. Ella pone los límites. Ella decide qué, cómo y cuándo.

De ti depende el porqué, la manera de afrontarla. Y es que, con buenos ojos, la vida es maravillosa. Es una y no más. Un regalo. Una puñetera casualidad que no merece la pena desperdiciar.

Cada día, cada minuto, cada segundo formará parte de tu vida. En qué emplearás ese tiempo queda en tus manos. Sabrás que lo has hecho bien cuando, al retroceder mentalmente, al hacer un repaso, te sientas realmente satisfecho con tu trayectoria.




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martes, 5 de noviembre de 2013

Muerte en el bosque (seleccionado en Diversidad Literaria para el libro del concurso "Otoño invierno")

Apenas unos pasos más y se lanzaría al vacío. Tenía que hacerlo, era la única solución.

Añoraba esos tiempos de prosperidad en los que todo iba sobre ruedas. Pero ya no podía más. Las cosas habían cambiado tanto…

No le quedaba otra opción.

Sin coger carrerilla, apenas dejándose llevar, vuela por un instante y todo acaba.

Con apenas un soplo de aquella fría corriente, la última hoja del álamo revolotea y cae junto a las demás.


El aire nostálgico del otoño ya había desnudado todo el bosque, dejando a su paso un rastro de naturaleza muerta.



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sábado, 5 de octubre de 2013

Vive libre o muere

¿Qué podemos decir del amor? 

Sí, ese sentimiento de dos.

Es de un color rojo intenso, como la sangre (creo que es por eso por lo que dicen que amar duele).

Cualquier 14 de febrero será bueno para celebrarlo. Unos bombones y unas flores, la mejor forma de demostrarlo. Unos anillos y una boda, la mejor manera de pactarlo.

El amor tiene un lugar: el pecho. Concretamente, se aloja en un órgano al que llaman corazón, aunque alguna que otra vez haga que te bajen mariposas hasta el estómago.

Del amor también dicen que es una enfermedad peligrosa. Que se puede morir por su culpa. Que en ocasiones no te deja respirar y que, otras tantas, te deja sin palabras.

Siempre se dirá que su mayor enemigo es la distancia.


Pura fachada. El amor es mucho más que eso.


El Amor lo es todo. El Amor no es nada.

El Amor puede ser lo que tú quieres que sea. No podemos darle una definición general. No lo intentes, es inútil. Se puede amar de mil formas diferentes, y todas y cada una de ellas será considerada ‘Amor’.

No le impongas condiciones, ni trates de ponerle límites. Tan solo siéntelo. Y demuéstralo.

¿Por qué no?

El Amor es valiente. No entiende de sexos ni de edades. No van con él las naciones, las razas, ni los rostros de la gente. Y es por eso por lo que podemos decir que el Amor es ciego. Aunque más ciego aún es aquel que no comprende su esencia.

El verdadero Amor es esa fuerza que une a las personas. Una fuerza poderosa, antigua. Invencible.

El Amor es respeto. Confianza. Es escuchar y ser escuchado. Apoyo, desear lo mejor. Es besar y abrazar porque sí. Es no sentirse solo…

Se encuentra en esa persona especial... En la familia. En los amigos. En uno mismo.

Porque, ante todo, el amor es libre. Esa es su esencia.

"Vive libre o muere", ese es su lema.





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sábado, 14 de septiembre de 2013

Dulce locura

Extendió los brazos, dejando que su camisón ondeara con la suave brisa nocturna. Recorrió el gran balcón, hasta tocar la barandilla.

Cerró sus ojos e imaginó que sucedía lo imposible. 

Imaginó que él aparecía a su lado, como si nada hubiese ocurrido. Como si la vida no se lo hubiese robado jamás.

Recordó el sabor de sus besos, el calor de su cuerpo y esa chispa en su mirada.

Casi pudo sentir una caricia en su hombro.

Unos labios recorriendo sus omóplatos.

Su barba pinchándole en el cuello…

Se le pusieron los vellos de punta.


Se encontraba débil, consumida. La soledad la estaba matando. Le quemaba por dentro, y se sentía incapaz de ponerle remedio. No tenía fuerzas para olvidar, no quería pasar página.

Quizás por eso mismo aún lo podía sentir a su lado. Y, aunque eso era imposible, de alguna manera estaba sucediendo.

A veces sopesaba la posibilidad de que fuese real, de que todo aquello no estuviera solo en su mente…


Se deslizó bajo las sábanas y, una vez más, esperó a que el sueño la devorara, mientras miraba fijamente el techo de su habitación. Una vez más, deseó vivir en el pasado. Y, aunque el futuro la esperara con los brazos abiertos, ella prefería no avanzar.

Casi pudo sentir una respiración en el otro lado de la cama. El colchón hundido por el peso de otra persona.

Como de costumbre, tardó unos instantes en controlar su respiración. El pulso se le aceleró ante la idea de que él se hallara allí, tumbado sobre la cama.

Se giró para mirar hacia donde se encontraba su fantasma y le sonrió. Estaba segura de que él sí que podía verla.


Sin duda, estaba volviéndose loca. 

Pero qué locura más maravillosa.

Qué dulce locura.





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miércoles, 14 de agosto de 2013

Abriendo el corazón

Su rostro era el más claro reflejo de sorpresa que había podido imaginar. No fue capaz de detectar el brillo de sus ojos, que destilaban una profunda emoción. Tampoco estaba preparado para su respuesta, ni para lo que sucedió después.

-¿Quieres que te responda ahora?

-Pues… Preferiblemente. Me gustaría quitarme el peso de encima, pero no te sientas presionado. Si quieres, lo piensas y hablamos en otro momento…

Ahora se sentía estúpido por haberle confesado sus más profundos sentimientos. Aunque deseaba que Eric lo supiera, temía una negativa por su parte. No estaba del todo seguro de que él compartiera sus gustos.

-Sam, yo…

Calló un momento, pensando en la mejor forma de actuar.

-Cierra los ojos.

Cuando Sam obedeció a su petición, sin rechistar, el corazón se le aceleró. “Vamos, solo tienes que dejarte llevar”, se decía a sí mismo. 

Lentamente, se aproximó a sus labios, intentando contener su entrecortada respiración.

El roce fue fugaz, pero intenso, pues había depositado en aquel beso todo lo que realmente sentía. Ya era hora de que él mismo aceptara sus sentimientos, y de que la persona a la que iban dirigidos los conociera. Ya era hora de dejar de esconderse.

Ahora era él el que estaba angustiado ante la posibilidad de obtener una negativa. Menuda tontería. No era él el que se había declarado. 

Se suponía que había hecho lo que ambos habían estado deseando hacer.

El contacto terminó, y hubo un breve y tímido cruce de miradas entre ellos.

-Yo… no sé qué decir. He de suponer que eso es un sí…

Eric sonrió, y a Sam le pareció la sonrisa más hermosa que hubiese visto jamás. En ese momento pensó que no había ningún motivo para no estar a su lado.





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domingo, 23 de junio de 2013

La historia de las estaciones

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que las cuatro estaciones convivieron en nuestro mundo. La primavera, el verano, el otoño y el invierno se manifestaban a la vez, durante todo el año.

Las copas de los árboles se cubrían con sombreros de escarcha, y vestían tanto hojas secas como hojas verdes y llenas de vida. Un sol que, sin llegar a ser abrasador, templaba el ambiente, lanzaba sus rayos hacia la tierra. Las flores se mecían tímidamente con un suave viento que se mantenía imperturbable durante todo el año. Y es que era la combinación perfecta de la brisa cálida del verano y la fresca corriente de la primavera con el frío gélido del invierno y el aire nostálgico del otoño.

Durante muchos siglos, se mantuvo el equilibrio entre las cuatro. No hubo problemas. Hasta que empezaron a pelear entre ellas. Ya no soportaban tener que compartir la tierra. Las estaciones querían dominar la una sobre la otra. Cada una amaba la naturaleza creada a su propio antojo. Y comenzaron las rencillas, motivadas por su egoísmo.

A punto estuvieron las estaciones de arrasarlo todo. Su avaricia les hizo luchar por eliminarse mutuamente. Rompieron la unidad que habían mantenido durante tanto tiempo, por no ser capaces de ver más allá de sus propios intereses.

Sin embargo, sí fueron capaces de comprender el sinsentido de su continua autodestrucción y, por su propio bien, decidieron reaccionar. En una ráfaga de sensatez, tomaron una decisión. Si no dejaban de pelear, si no eran capaces de volver al equilibrio que las había mantenido unidas durante tanto tiempo… debían separarse. Todas estuvieron de acuerdo en que esa era la única solución.

Y así fue como las estaciones, que siempre habían hecho acto de presencia al mismo tiempo, aprendieron a compartir. Cada una dispondría de tres meses en los que podrían moldear el entorno a su antojo. Una vez acabada su tarea, se sumirían en un sueño reparador, hasta que volviese a llegarles el turno.




 

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miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Estarían alejados?


Era una mañana triste. Melancólica. Un manto de nubes cubría todo el pueblo, extendiéndose más allá del valle. Los pájaros cantaban con desgana, como si acabasen de recibir una mala noticia.

Sonrió.

Atravesó el jardín e inició un trayecto que recorría, sin excepción, todos los domingos. Pasó junto a un viejo perro, y cruzaron una mirada de entendimiento. A ambos les pesaba la edad.

Recorrió unas cuantas calles más, hasta llegar al acantilado. Las olas mordían la pared de roca con fiereza.

No sin dificultad, subió las escaleras que llevaban al mirador. La brisa del mar le trajo su inconfundible olor a salitre. Abrió la urna y extrajo, con delicadeza, un puñado de cenizas. El último puñado de cenizas. Sabía lo que eso significaba; ya lo había planeado todo tiempo atrás.

Acercándose más a la barandilla que lo separaba del precipicio, el anciano abrió su mano lentamente. Dejó que las cenizas acariciasen sus dedos al ser arrastradas por el viento. Revolotearon, creando formas sin sentido, y cayeron sobre el mar, fundiéndose en las turbulentas aguas.

“Así serás eterna”, se dijo a sí mismo. Cerró los ojos para contener las lágrimas, que amenazaban con escapar de ellos.

Una mariposa, blanca como la luna más pura, dio un par de vueltas a su alrededor, descendiendo después por el acantilado. Actuaba como si entendiera lo que realmente ocurría. Como si supiese lo que pasaba por la cabeza del anciano.

Era hora de volver a casa.



Atravesó por última vez el caserón, recorriendo con paciencia cada una de sus estancias. No pudo evitar revivir un sinfín de escenas en cada habitación a la que entraba. Por supuesto, la protagonista era la misma en cada una de ellas.

Se tumbó sobre su lado de la cama, y giró la cabeza esperando, tal vez, verla descansar allí, junto a él. Sabía que eso no iba a suceder. Y sin embargo, daría lo que fuera por volver a sentirla, aunque fuese por última vez. Estaría dispuesto a dar su vida con tal de tenerla a su lado. Y, en cierto modo, eso era lo que pretendía hacer.

Tanteando en el cajón de la mesita de noche, alcanzó el frasco de pastillas. Una sola de ellas bastaría para ayudarle a dormir. Sin vacilar, cogió unas pocas y se las tragó. Ahora solo debía esperar.



Inspiró, y su respiración se volvió entrecortada.

Espiró, y se sintió liberado. Como si hubiese estado retenido en algún lugar lejos de su hogar y ahora volviese a casa, junto a ella… Dejó que el sueño se apoderara de él, y dedicó un último pensamiento a su amada. Su imagen quedaría grabada en su mente, forjada en fuego, para la eternidad.

Y el anciano ya no volvió a inspirar. Una serena sonrisa teñía su expresión, ofreciendo una siniestra imagen.

Lo había conseguido. Su promesa ya estaba cumplida. Había vencido al olvido y, además, su recuerdo le había acompañado hasta el último instante de su vida. Hasta soltar el último aliento. Se había sentido más cerca que nunca de tenerla entre sus brazos, de poder protegerla y de decirle que la amaba hasta enfermar de locura...

No, ya nunca más estarían alejados.





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viernes, 12 de abril de 2013

El ciclo de la vida


Olfateó el aire, en busca de algún rastro de alimento. Llevaba ya dos días recorriendo el denso bosque, sin rumbo, con la esperanza de encontrar algo de comida. Se había separado del grupo unas semanas atrás, aunque nunca imaginó que le iba a costar tanto salir adelante sin la ayuda de Blake. De haberlo sabido, se habría tragado su orgullo y habría obedecido sin rechistar las órdenes de su líder. Pero su carácter impulsivo le impidió contenerse, y ya era demasiado tarde para volver atrás.

Aquella mañana, sin embargo, la suerte pareció topar con Luna. Un cazador se había detenido en un claro del bosque lo suficientemente grande como para encender una hoguera. En la ranchera de un todoterreno visualizó el cadáver de un ciervo. Tendría que conformarse con eso, o pronto su hijo y ella morirían de hambre.

Se escondió en la espesura, manteniéndose a una distancia prudente, mientras aguardaba a que llegara el momento perfecto.

Les dio la espalda y se agachó para apagar la hoguera. Tendría que actuar pronto, o el cazador se marcharía antes de que pudiera llevar a cabo su desesperado plan. Sin dudarlo, salió de entre los arbustos y echó a correr hacia el coche donde se hallaba el ciervo.

Pero fue demasiado lenta. El cazador tuvo tiempo de coger su rifle y apuntar con él a la intrusa, directo al corazón.

Se detuvo, paralizada por el miedo, y se dio cuenta de su grave error. Había subestimado a su enemigo.

La vida pasó por sus ojos. Revivió un sinfín de imágenes de su infancia y etapa adulta. Pensó en Blake y en sus hijos. Y en ese breve instante, supo que iba a morir.


Cuando el sol ya desaparecía tras el horizonte, se oyó un disparo en el bosque. El cuerpo de una gran loba blanca cayó sobre el suelo, inerte. Un gran charco de sangre comenzó a teñir la nieve a su alrededor.

Apenas unos segundos después, un cachorro de pelaje grisáceo salió de entre la maleza y se acercó, asustado, al cuerpo de su madre. No podía hacer nada para salvarla. Dirigió su mirada hacia el cazador, que aún sujetaba con fuerza su rifle. Este no pudo evitar que se le encogiera el corazón, pero no lamentó la muerte de la loba. Recogió su mochila y se montó en el coche, dejando allí al pequeño lobo gris.

El cachorro no tenía a donde ir. Hacía apenas una semana que había visto morir a su hermano, presa del frío y la desnutrición, y ahora acababa de presenciar la escena más horrible de su vida. Nunca podría olvidar el llanto de dolor de su madre. Y no fue solo por el hecho de recibir un disparo, sino más bien debido a que él quedaría desprotegido, a merced del tiempo y de las leyes de la naturaleza. Ni siquiera la suerte podría salvarlo de un final trágico.


Desde un pequeño montículo, no muy lejos de allí, otro lobo contemplaba al joven lobezno, que lloraba la pérdida de su madre. Era robusto, de ojos claros y pelaje negro, como las plumas de un cuervo. Había oído el disparo hacía unos minutos, y se había dirigido al claro del bosque lo más rápido que pudo. Sabía que era demasiado tarde para salvar la vida de Luna, pero aún podría hacer algo por su solitario cachorro.

Sin mediar palabra, se acercó al cuerpo sin vida de la que fue su hermana y acarició su cuello con el hocico, en un gesto de infinita ternura. Después alzó su gran cabeza y lanzó su propio lamento, el cual, impregnado de rabia, se oyó en varios kilómetros a la redonda.

Pronto, un coro de lobos tiñó la noche  con sus desgarradores aullidos. Una elegante y majestuosa luna llena presidía la escena desde el cielo estrellado.

Blake y su reciente protegido se reencontraron con el resto de la manada. No olvidarían nunca a la loba blanca que aún descansaba sobre la nieve, pero ya conocían el ciclo de la madre naturaleza. No podían alterarlo, así que lo mejor era adaptarse a su frenético ritmo y mirar siempre adelante.

El ambiente cargado de polen y los días, más soleados, auguraban el inicio de la primavera. Con la llegada de la nueva estación, la nieve se derretiría, las flores revivirían tras su gran letargo, y la manada conocería nuevos cachorros. La vida seguía. 






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jueves, 4 de abril de 2013

Junto a las estrellas


Una gran duda rondaba su cabeza desde hacía unos días. El último fin de semana no habían ido a visitar a su tía, y en casa no se hablaba de ella, como ocurría normalmente. Había pasado algo. Algo que sus padres no querían que supiera.

Aquella mañana se armó de valor y, cuando su madre lo llevaba al colegio, le lanzó las preguntas que había estado preparando la noche anterior.

-¿Qué le pasa a la tita, mamá? ¿Dónde está? ¿Por qué no me contáis nada?

Demasiadas preguntas. Sus palabras le cogieron por sorpresa, y buscó la forma de explicarle a su hijo de siete años una situación que aún no podría entender.

-Verás hijo, a veces las cosas no pasan como nosotros las planeamos. ¿Sabes que la tita está enferma, verdad?

-Sí, mamá. Eso sí lo sé. Es por eso que no tiene pelo y no puede salir de casa.

-Bien, pues… la tita ha hecho un viaje. Pero no es un viaje como el que se hace en vacaciones. Es algo difícil de explicar… Es un viaje del que ya no podrá volver. ¿Lo entiendes, Pablo?

-No mamá, no lo entiendo. ¿A dónde ha ido la tita de viaje? ¿Y por qué se ha ido sin despedirse? -dijo con un nudo en la garganta.

-Al cielo, hijo. Junto a las estrellas. Allí la tita es feliz, y eso es lo importante.

Pablo observó, a través de la ventanilla del coche, el par de nubes que flotaba en el aire aquella fría mañana de invierno. Pensó en las visitas a casa de su tía, y se preguntó si podría realizarlas de nuevo alguna vez.

-Mamá, ¿puedo hacerte otra pregunta?

-Claro, dime qué quieres saber.

-¿Podré visitarla algún día? ¿Cómo voy a saber si está bien o no?

-Claro que podrás visitarla, hijo. Por muy lejos que esté ahora, siempre habrá una parte de ella junto a ti. Aunque no la veas, sabrás que está ahí siempre que lo necesites. Me refiero a tus recuerdos, Pablo. Y no solo a eso. También la encontrarás en tus sentimientos. Podrás hablar con ella a través de tu mente y de tu corazón, y ella siempre te escuchará, aunque no pueda responderte. Desde el cielo, junto a las estrellas, ella podrá oírte siempre que tú quieras. ¿Comprendes mejor ahora la historia?

-Creo que sí –dijo, volviendo a mirar a través de la ventanilla del coche. El sol ya asomaba por el horizonte, marcando el inicio de un nuevo día, aunque todavía brillaba en el cielo alguna que otra estrella. 

Pablo reflexionó sobre aquella nueva situación, imaginó que volvía a verla, a abrazarla y, al cabo de unos minutos, volvió a hablar para decir tan solo cuatro palabras.

-La echaré de menos.

La emoción llegó al rostro de Pablo, derramando unas pocas lágrimas sobre sus pequeñas mejillas.

-Yo también –sentenció su madre con un suspiro cargado de añoranza.





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